Volvía hoy de comer en casa de mis padres y al pasar por la universidad he visto una juerga tremenda. Hoy tocaba. Eran las “Paellas”. Yo asistí varios años (incluso después de haber dejado de estudiar) a emborracharme como un cabrón. Cuando tenía clase, que había días que ni las paellas amedrentaban a los profesores, pues yo con dos cojones iba, con una cogorza de impresión. Y si preguntaban si alguien había hecho los ejercicios yo, aunque fuera mentira, levantaba la mano. Recuerdo en una clase que no se me daba especialmente bien que el profesor me sacó a la pizarra y me puse a resolver un problema de matemáticas, creo recordar. Todo el mundo guardaba un silencio sepulcral y cuando terminé, sin que el profesor dijera nada, dejé la tiza y me volví a mi sitio. Se quedó mirándolo un rato y dijo “uhm… muy bien…”. Con poca confianza. Yo nunca supe si aquello estaba bien o no, ni de dónde coño saqué las fuerzas y las neuronas para ello.
Lo que más gracia me ha hecho de todo, aparte de que han venido a mi memoria recuerdos que creía olvidados (ah, también me subí una vez a una silla a cantar y se formó un corro alrededor mío; yo me desgañitaba cantando no recuerdo qué canción, y un amigo se moría de vergüenza -¡qué mal cantas cabrón! me decía-) ha sido ver en la rotonda a una chica tirada en el suelo, al sol, con una mano en la cara. Llevaba un melocotón importante y eso que apenas eran las 15h o 15:30h. A esa hora nosotros muchas veces era cuando empezábamos a ir calentitos, porque el bebercio se iniciaba cuanto antes (muchas veces a las 12) pero había un impasse de una hora o dos donde no todo estaba permitido, cosa que a partir de las 14h o así todos nos pasábamos por el forro y hacíamos lo que bien nos venía en gana.
No ligué mucho en las paellas, pero si me acuerdo que con una con la que estuve (no sé muy bien cómo, cosas del alcohol) me contó historias de sexo en las aulas, sujetadores encontrados, condones… a mí no me importaba mucho, yo quería comerle la boca un poco. No sé si eran indirectas, pero no estaba yo como para eso. Pero, claro, los lavabos de la biblioteca no se quedaron sin estrenar…
Como decía Calamaro, “qué más quisiera que pasar la vida entera como estudiante el día de la primavera”…