Nunca entendí aquello de “hay que estar a las duras y a las maduras”. El caso es que, en lo que a este blog se refiere, solo viene uno a morir (metafóricamente hablando, no se me asuste el personal -¿qué personal, si nadie conoce esto y nadie entra?-) cuando está mal. Y hoy es uno de esos días de mierda, que afortunadamente se ha olvidado durante un rato viendo a viejos amigos y riendo con ellos, pero que, una vez apagadas las luces, no queda otra cosa que, oh caramba, sí. Sí sí. Ella. Bueno, ella ahora es una, que en su tiempo fue otra y sobre la que dijimos hace años “es la mujer de mi vida” y cuánto nos equivocamos. Hoy no pensamos eso (ya está bien, será el llegar casi a los treinta que nos hace ser un poco menos imbéciles), en el rollo de la mujer de mi vida, pero sí creíamos que había algo interesante y que, como lágrimas en la lluvia, parece que se perderá.
Decía Hemingway, y me lo repito muchas veces a ver consigo caer del burro, que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Supongo que uno a veces intuye cuando callar, pero ve las cosas tan negras que se dice “total, hay un límite que parece que no vamos a cruzar; pues de perdidos al río y a por todas”. Ese a por todas ha hecho que esta tarde me picaran los ojos porque asomaban unas lágrimas que finalmente no han salido; en los últimos años solo he llorado por familiares que se han ido y no me permito que otras cosas me hagan lo mismo. Y he cogido la guitarra y he tocado un par de canciones tristes, y lejos de hacerme sentir peor me han hecho sentirme un poco menos solo.
Pero parece que la soledad es algo inevitable en mi vida. Durante tantos años la he buscado y, ahora que la tengo, echo de menos tenerte a mi lado.